El ocaso siembra sus grises en la sien,
mientras aún perduran los colores en el alma
No quiere dormir el pincel,
sigue buscando alegría en su paleta de lágrimas.
No hay otro viaje al que ir
¡Sólo el puerto de poniente!
Se traza la historia en el lienzo del peregrino transcurrir
del inocente esbozo a este confín consciente
Llega así, con maestría y desengaño.
Ha domado al mediodía
paliando la soberbia de sus rayos.
Humilla a la fiebre sin apenas restarle entusiasmo.
Nadie quiere oír su canción de misterio,
ineludible nana que acuesta los vaivenes.
Ha adormecido a la tarde,
reclinada para siempre en su regazo
¡Cierra los ojos!
¡Baja los párpados!
Fluye con este nocturno de Chopin,
que nada hay que tenga que morir
con el ocaso

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