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viernes, 1 de noviembre de 2024

¡No me adapto!

                           
 ¡No!
No me adapto a lo que no me hace feliz, a lo que me empequeñece o me ignora, a lo que me daña, a lo que me intoxica y me envenena.

¡No trago! Mi estómago se ha cerrado y ya no admite la bazofia ni las calorías vacías.

No me adapto a la falta de pasión, a la ignorancia, a la indiferencia, a la indolencia.

No me adapto a las apariencias ni al "bienquedismo". No me adapto a los supuestos roles que te presenta el mundo y a los disfraces que usa la gente.

No me adapto a lo que parece que está predeterminado, o que es así porque las cosas siempre han sido así, porque nunca fue de otra manera, y porque "una tradición es una ley".

No me adapto a la coacción de los fuertes, ni mucho menos a la disimulada manipulación de los débiles, ni a las ñoñerías perversas de los buenos: buenoides y buenistas.

Prefiero la verdad de los malos que no se esconden, que se muestran tal cual son. Eso me permite ver, verles, y me concede la posibilidad de responsabilizarme, de protegerme y de defenderme.

No me adapto al victimismo. No me adapto a tener que aguantar que me metan el dedo en el ojo, que me pisen el callo sin reaccionar porque son pobrecitos que lo han pasado mal, aunque el victimista lo utilice para demostrar que el mundo le hace mal, que soy “mala persona” por confrontarle y no jugar su juego.

Necesito distanciarme de las víctimas. No me adapto a su juego. Es muy peligroso. El que se presenta como víctima es realmente el agresivo con los demás. Quien se queja de lo malo que han sido él, está buscando un aliado no pretende salir de ahí, ni arreglar nada. Tan sólo quiere arrastrar a los otros a su estado y convierte a todos en culpables. Hace que aquellos que quieren ayudarlo también sean vistos como agresivos. Los que no se solidarizan con él son malos. 
Una víctima es muy peligrosa: daña a todos.
No me adapto a los moralistas, los que no se atreven a manifestar abiertamente sus opiniones ni sus deseos, ni sus necesidades, que no corren el riesgo de pedir o de negociar, que encubren su pedir con “deberías” y juicios capciosos para dominar sin mojarse, imponiéndose por una moral personalista y egoísta porque no quieren exponerse a los desacuerdos, a no darles la razón o a recibir un “no” por respuesta.

No me adapto a los comodones que evitan el conflicto y la confrontación haciéndose pasar por bonachones. No me adapto a su mentira. No me adapto a las dulces máscaras de la tibieza acobardada por no tomar partido. “Dios no quiere a los tibios”.

No me adapto a la falsa fragilidad de las muñequitas de porcelana que encierran a un “Chucky” diabólico, ni a los narcisistas que habitan bajo una máscara de encanto y "estupendismo".

No me adapto a tener que comprender a quien no quiere tomarse el tiempo y el trabajo de comprender. No me adapto a enfermar por no responsabilizarme yo de mis necesidades.

No me adapto a la tiranía del pensamiento rancio, ni a las diversas formas en que quiere apropiarse de mi libertad: sentencias, creencias, comentarios, rumores, admoniciones, comparaciones, presunciones, prejuicios y moralismos. Ni a sus cobardes estrategias condenatorias de destierro y excomunión. Me agarro al pensamiento del gran Hermann Hesse:
 "Quien no encaja en el mundo, está siempre cerca de encontrarse a sí mismo"
No me adapto a la mediocridad. Quiero arriesgarme a sacar de mi todo lo que pueda dar, a crecer hasta donde mi potencial me permita. Aunque las envidiosas vengan a recortarme. Aunque los enanos mentales, retrógrados mohosos y beatas reprimidas corran a difamarme.

No me adapto a la distracción, ni a la desconexión, ni al consumismo, ni al capricho. No quiero despistarme de mi vida, quiero tomarme la molestia de conocerme y de mejorarme a mí misma tanto como me sea posible.

No me adapto a la queja y el reproche, a esperar la solución desde fuera, desconectándome de mi alma. No me adapto a soltar mi poder para no coger mi responsabilidad. Quiero enfrentarme a mis culpas y a mis tropiezos, a las consecuencias de mi hacer o de mi no hacer. Para conectar con mi fuerza y gestionar mi libertad. Y aceptar y dejarte a ti la tuya de no gustarte o de rechazarme. Pero cógela y actúala tú, no esperes que haga yo lo que te corresponde a ti.

Tampoco me adapto a tener que ser fuerte por decreto, a no poder mirar mi vulnerabilidad, a través de la que me puedo adaptar al cambio. Quiero dar espacio a mi yo vulnerable y sensible, y al mismo tiempo no quiero dejar de usar mi fuerza y el coraje para enfrentar mis conflictos. Y ser permeable al amor. Y cuidarlo. 

No me adapto a tener que luchar o competir, a lidiar por tener razón. No quiero pelear todas las batallas. En general prefiero tener paz. No me adapto a quien dice querer la paz imponiendo el dominio de su razón. No me lo creo. Eso es la guerra. Una paz a través de la victoria del ego donde siempre anida más guerra. 
        No necesito más bondad, sino más conciencia
Si algo de lo que soy y ofrezco te vale ¡Cógelo! ¡Hazlo tuyo y aplícalo a tu vida!

No me adapto a tener que recortarme. Quiero ser entera, emocionalmente sana para permitirme sentir y poner límites si los necesito, o evacuar lo que sea desechable. Para permitirme sostener desde "el Ser" o no tener que falsearme en "el parecer". Quiero estar mentalmente clara, para gozar de un buen discernimiento y estar atenta a lo que no me permite ser íntegra. 

No me adapto a no dejarme transformar, sin empujar el rio que me lleva.

Necesito estar físicamente fuerte para poder crear en salud mi mundo. Necesito acoger mis emociones para impulsar mis procesos conscientes, remover los bloqueos y dar luz a mis puntos ciegos.

Necesito despertar y avanzar hacia un espíritu sabio, para poder sostenerme sin miedo en la Verdad que nos hace libres.

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lunes, 11 de mayo de 2020

Envejecer

Lentamente, los años resbalan por el espejo.

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martes, 5 de noviembre de 2019

Administración Rural de Justicia



Don José era Juez de Paz en un pequeño pueblo de la llanura manchega en los tiempos del primer tercio de siglo XX. Un gentil hombre de carácter afable y templado, honrado con la confianza y respeto de sus convecinos al que presentaban los conflictos cotidianos buscando su ecuánime mediación y soluciones para arreglar los asuntos urgentes. 

Las mayoría de veces eran peloteras por las lindes en los sembrados, las viñas o en los corrales, pero también atendía casos leves de amenazas, injurias y otras agresiones menores a las personas (o a los animales), además de alguna que otra disputa conyugal, para lo cual contaba con dotes que muy bien le hubieran válido para terapeuta de parejas, si tal profesión hubiera existido por aquel entonces. 

A Don José le concedieron tan honorable cargo porque su currículo aventajaba a otros por saber leer y escribir. Efectivamente era un puesto honorable. Y ya ¡Pare usted de contar!  No disponía de más despacho que la mesa camilla del comedor de su casa, ni podía ofrecer a sus parroquianos un horario de atención estable, ya que de esta actividad profesional no recibía remuneración pecuniaria alguna. Por eso el mantenimiento de su familia le requería (hasta donde su arrojo un tanto desplomado le consentía) atender su pequeño patrimonio agrícola, consistente en dos fanegas de tierra de cereal, cuatro de viña de secano y unos cuantos celemines en la vega, para productos de huerta. Además de la dotación para el mantenimiento de ese capital: dos viejas mulas con su aparejo, un carro, aperos de labranza y útiles para la siega y la vendimia.

Pero como de esto tampoco iban a morir ahítos, su esposa compaginaba la atención a la casa y a la familia con una tienda tan surtida de existencias que lo mismo vendía alubias que azulete para colada, colonia a granel, sardinas saladas, o cordones para los zapatos. Esta actividad, junto a la prestigiosa función judicial de su marido, confería a la familia un estatus de notoriedad entre las gentes de la localidad. 

La mujer, que había sido bendecida con una presencia de espíritu bastante más briosa y emprendedora, se levantaba antes que el sol, y pacientemente uncía las mulas con el pesado ubio, mientras su marido almorzaba para no enfrentarse desmayado a los duros afanes del campo. 

Y cuando ya estaban echadas las albardas y bien apretadas las cinchas, el Señor Juez se ajustaba sus recias albarcas y, agarrando bien fuerte los ramales de las mulas, se enfilaba hacia sus labores agrícolas. No sin antes atender su responsabilidad funcionarial. Por eso al salir a la calle gritaba a sus vecinos:

— ¿Quién quiere justicia? ¡Que me voy a arar!

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jueves, 8 de marzo de 2018

Hacerse mujer (Carta a mi hija)

“Hay quien nace mujer y quien se convierte en mujer"
-Simone de Beauvoir
(Diario de una mujer)

Con motivo del día de la mujer, hoy no quiero centrarme en la queja ni la denuncia que aunque necesarias, también reclaman de andar con otra pata: lo que es nuestra tarea, la de las mujeres. Me paro y me siento a escribir algunas proposiciones que quizás te puedan servir para tu vida ¡Espero que así sea! Aprovecho para hacer llegar, a través de ti, éstos consejos a otras mujeres que vienen o vendrán tras de nosotras. He tomado como base un libro que leí hace años y en el que fui subrayando frases y párrafos por la resonancia que tenían en mí. Sobre ellos he desarrollado mis propias reflexiones. Se trata del texto “Un año junto al mar” de Joan Anderson.

Para empezar ¡Grábate esta idea! Tu alegría y tu bienestar es tu responsabilidad. Sólo tú puedes obtenerlos y sólo tú permites que alguien te los arrebate.

Acoge el silencio como un terreno fértil en el que pueden crecer naturalmente las cosas. No te esfuerces por llenar los vacíos con las amables preguntas insustanciales que por siglos nos han enseñado para remar en la galera de las buenas chicas, las buenas mujeres y las buenas esposas.
Cuestiónate qué implica en tu sistema ser buena. Si ello encierra tragar, callar o soportar lo inaceptable, decide qué serás ahora en lugar de “buena”.

Ante todo, interésate por tu cuerpo. Sé menos cerebral y haz más cosas con él: corre, pasea, danza, baila, canta… Mira si estás siendo negligente, si lo maltratas ¡Hazte cargo! como vehículo que porta tu vida, y acorta la distancia entre el cuerpo y la mente. No ahogues tus sentimientos y aspiraciones en la obesidad, no lo castigues con hambre, no repitas tus carencias de amor vomitando lo que te alimenta, no lo tortures encaramándolo en tacones imposibles y no estrangules tu necesidad de crecimiento y de libertad embutiéndolo en tallas para niñas. No seduzcas.

Métete por entero en tu piel. Necesitas que tu cuerpo se lleve bien con el resto de ti, para probar tu voluntad y tu perseverancia. Ama tu cuerpo ¡Amalo! Tal cual es, con sus defectos. Cuida con mimo sus heridas.

Ten fe en lo que él puede hacer. Que no te arrebaten el momento más glorioso y la experiencia más inmensa de ser madre (si decides serlo) con drogas para “no sentir”. La medicina actual no cree en nuestra fuerza, o no le interesa que sepamos que la tenemos. Nos anestesian las tristezas y los dolores propios de la vida y nos cuentan que son patologías ¡Vaya negocio!

¡Qué demonios! Hay cosas que duelen y, si eres sensible y no un zombi (léase: muerto en vida), tendrás penas y angustias. Llorarás. La buena noticia es que si eres un ser sintiente también vivirás alegrías, gozos y disfrutes auténticos.

Recuerda que no puedes ordenar a tu cuerpo que haga todo esto de un día para otro. Necesitas desarrollar primero una buena relación con él. Tienes que hacerte su amiga, mirar hacia adentro, escuchar sus gemidos y sus crujidos, y ponerte en contacto con lo que te quiere contar.

¡Se tú misma! Es fatal no serlo. Evita la competición. Encuentra tu propio estilo. Sólo has de superarte a ti misma, en cada etapa de tu vida, en cada tarea. ¡No te compares y no hagas comparaciones! Sofoca el deseo de impresionar y céntrate en ser sólo tú, acogiendo con ternura todas tus insuficiencias. No ahogues tu verdadera esencia intentando complacer, o encajando en modas tiránicas, o en costumbres mohosas y rancias tradiciones. No huyas de ti.

Elige ser dueña de tu día, cada día, y no una víctima de él. Irás descubriendo que puedes ir dando pasos sobre tus propios límites, y así irás trascendiendo la persona que eras el día de ayer.
Cada día, también, cruza el umbral del pasado y dirígete hacia las fronteras desconocidas que inevitablemente te conducirán a ti misma, a esa persona que estas destinada a ser.

¡Párate de vez en cuando! Y toma conciencia de cuánto temor controla tu vida. Dentro de ti llevas a una niña que se asustará mucho cuando estés pérdida ¡Y hay que perderse mucho para encontrarse! Tómala de la mano, cálmala, para que no te detenga cuando salgas de tu zona de confort, para que no ande de puntillas en los pasillos que se ocultan a la conciencia, dando vueltas alrededor de los problemas esperando que desaparezcan mágicamente. Es tu responsabilidad.

Muchas veces desearás que tu madre, tu abuela u otras mujeres antes que tú te hubieran abastecido de elecciones hechas para ti, que ellas hubieran andado los caminos que ahora te tocan a ti, pero la que es protagonista hace su propia elección, anda sus propios pasos, mientras que la que no lo es deja que otros la lleven y decidan por ella. Es más cómodo, pero el coste es muy alto: tú misma. Ten seguro que en algún lugar de tu recorrido hay algo que quiere que lo encuentres y lo descubras tú. Precisamente tú.

Las mujeres somos como la niebla: intuimos lo que hay debajo, pero nuestro verdadero yo está tapado por lo que los demás piensan de nosotras. Pero incluso ahí no estarás nunca completamente perdida. Forma parte del proceso y, como dice el viejo dicho, “cuando el alumno está preparado, aparece el maestro”. Encontrarás a alguien, o te encontrará, que te guiará, que se tomará la molestia de mirar más allá de tu superficie para ayudarte a bucear en tus profundidades. Porque tendrás días malos en los que sentirás desprecio por ti misma, y puedes aprovechar esos momentos para mirar tu lado oscuro, tu sombra, y descubrir lo menos agradable de tu ego, y trabajar en ello en lugar de esconderlo bajo las alfombras. Pero también tendrás días iluminados por un sol resplandeciente en el que tu alma no podrá contenerse de felicidad. Acuérdate del proverbio zen “muévete y el camino aparecerá” pues basta que comiences a buscar para que las cosas se pongan en movimiento.

¡Deja espacio para ti misma! Estás tejiendo tu vida. No elijas las telas a la ligera para ese tapiz tan esencial. La vida no es una cosa menor. No combines los colores de cualquier manera. Observa las cualidades que te vas revelando: autonomía, iniciativa, esfuerzo, intimidad, perseverancia… Atiende a tus fuerzas para trabajar y para apoyarte, en cada momento, porque no siempre serán las mismas. No te exijas, porque si quieres terminarlo antes de tiempo solo obtendrás un guiñapo. Recuerda que cada puntada es importante. Si sientes que ahí va un color, no lo sustituyas por otro más apreciado por los demás. Eso sería como falsificar el tejido del que estás hecha. El placer está en la continuidad, en atesorar lo que has aprendido y bordar ese conocimiento en el bastidor de tu biografía. No esperes que las respuestas a tus dudas vengan en los manuales de expertos. Eso sólo sería una copia y tú eres original. Ellas deben proceder de tu propio corazón, no de afuera. Se trata de dar y recibir, de adentrarse y de tirar, penetrando a fuerza de trabajo y tesón.

Haz de la paciencia una de tus virtudes, porque nunca hay un final, una llegada, un ¡Ya está!. Todo está cambiando continuamente y todo lo puedes transformar. ¡Acepta tus límites! Porque la vida contiene más de lo que tendrás tiempo de abarcar y capacidad de comprender. La experiencia te irá mostrando que todo será tuyo a su debido tiempo, cuando llegue la estación de las cosechas. No puedes forzar los procesos.

No pretendas la perfección. Querer ser perfecta es terrible porque te aleja de la verdad. Te obligará a mentir y a falsearte para convencer de lo buena, de lo feliz o de lo eficaz que eres. Si quieres perfectos a los demás tendrás que estar dispuesta a conocerles menos y a que te decepcionen más.

¡Pon límites tú! No seas complaciente. No des demasiado para compensar tus carencias. Ofrece lo que quieras dar de ti, a quien y cuando quieras darlo. No seas servidora. No te conviertas en una espléndida anfitriona de nadie. Recibe con agrado a tu familia, a los buenos amigos y a la gente con quien te sientas a gusto, en pequeñas dosis y en consonancia con lo que tu energía te permita. Aprende a ser responsable de ti misma, la dueña de tu tiempo y de tu destino. Tienes una puerta a tu disposición para que la abras a lo que decidas que entre a tu vida y para que la cierres a lo que no quieres para ti, porque es feo, incómodo, tóxico o dañino. A veces eso te hará sentir despreciable por no ajustarte a lo que se espera de ti. No seas ingenua, a veces necesitas tu rabia y desobedecer leyes o mandatos injustos para protegerte. Recuerda entonces las palabras de Clarissa Pinkola: “La Mujer Salvaje enseña a las mujeres a no ser “amables” cuando tengan que proteger sus vidas emocionales. La naturaleza salvaje sabe que el hecho de actuar con “dulzura” en tales circunstancias sólo sirve para provocar la sonrisa del depredador”. Escucha también lo que nos aportó Ramón y Cajal cuando preguntaba: "¿No tienes enemigos? ¿Es que jamás dijiste la verdad o es que jamás amaste la justicia?”

La rabia te incita a la acción, y la acción te mueve a ser creativa. La acción es necesaria para generar un cambio. Todo lo que se queda en pensamiento o en palabras no vale un pimiento si no se lleva a cabo. La teoría no significa nada si no la pones en práctica. Puedes tener una estupenda receta de tarta de queso pero no la podrás saborear, ni compartir con nadie, hasta que no te pongas manos a la obra. Lo que da vitalidad a la vida es la acción. Dice un proverbio árabe que nunca nadie se ha podido emborrachar a base de comprender intelectualmente la palabra vino. Hay que bebérselo.

Inspírate en las historias de otras mujeres, de tus ancestros, de mujeres que se enfrentaron a vivencias muy difíciles. Eso te inmunizará contra el victimismo. De poner en los demás tu poder.
No confundas el amor con la dependencia, no busques un marido como excusa para no hacerte cargo de la responsabilidad de enfrentar tu propio crecimiento. Una persona se desarrolla en soledad, como un árbol vive de sus raíces aunque el bosque le de protección, y la verdad de cada uno depende de atreverse a hacer incursiones regulares en ella. Ten en cuenta que para llegar a la verdad sufrirás bastantes desilusiones, porque necesitarás dejar caer tus ilusiones para poner los pies en el terreno de lo real.

Si tienes hijos acepta que ellos no te pertenecen como una propiedad, que un día encontrarán su propia tierra, que se deben a su vida. El amor verdadero se amasa con una porción de ternura y otra de un generoso desprendimiento para dejarles ser lo quieran ser.

Pregúntate qué es lo que necesitas objetivamente para vivir. En realidad se necesita muy poco, la vida puede ser muy sencilla y es muy liberador saber que no tienes que andar tras de acumular cosas, sea lo que sea, a lo que te puedes hacer adicta: lujos caros, simpatías de la gente, fama, dinero o poder. Son buenos los ayunos para acallar el hambre de cualquier tipo y no atraparse en estas cosas.

Aprende a prestar atención a tus instintos y a tus sentidos. Ellos te informan de lo que necesitas, son como las flechas que te guían en el camino hacia ti misma. Así que, quita la piedra en el zapato cuando te moleste, no esperes a que te haga herida porque te avergüence descubrir tu pie. Para mantener vivos tus sentidos tienes que usarlos. Si no te dueles te volverás indolente.

Conserva siempre una parcela propia de intimidad  para ti misma, un espacio en el guardes lo que es sólo asunto tuyo. Si la delatas, perderás parte de tu fuerza. ¡Respétate tus secretos!

Hija mía, ¡Mujer! Acabo ya. Pero acuérdate de:

- Vivir un poco cada día
- Saludar al sol
- Generar nuevas ideas
- Arriesgarte a nuevas experiencias
- Reconocerte tus logros
- Perdonarte tus errores
- Decidirte a encontrar
- Vaciarte de ansiedad
- Limpiarte de creencias limitantes
- Meditar, reír, cantar, orar…

- ¡HAZTE MUJER!


Imagen de Freepik

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domingo, 10 de noviembre de 2013

Mientras brillaba el día


Él.
El que me miró.
Me brindó sus ojos niños,
pletóricos de agua pura

Una mirada con la extensión del cielo,
al tiempo que su boca se hizo corazón.
Y sus palabras eran latidos,
mientras brillaba el día.

Ese fue el día de las cosas azules,
resplandecientes.
El día en que la aurora bruja
aprendió a restar abriles y dolores.

Su calma profunda,
su audacia serena,
lavaron los ahogos,
mientras brillaba el día

Rompió la melancolía
las cadenas de la lógica.
Y recitaron vida los pétalos de las rosas,
mientras brillaba el día.
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sábado, 17 de agosto de 2013

Sara


Sara,
me gusta tu nombre.

Princesa del sol que recorre el mundo
¿A qué vienes a este paisaje loco?

En tu rostro sin nubes
se abren tus párpados,
ahora.

Como rosa hermosa en estas praderas
rebosadas de narcisos voraces.
¡No olvides tus espinas!

Sara,
me gusta tu nombre.

Voz del alma
que bautizará la noche
con nombres nuevos.

Caricia suave,
ligera de apariencias.
En tu espacio libre
cantará la verdad esquiva.

Corazón diminuto
de ritmos naturales.
Potencial fértil
del extraviado vacío
 
A ti 
¡Confianza de cristal!

Entre viejos espejos
de perfiles deformados.

A ti
Que vienes como mensaje eterno
para el despertar.

¡Tan cerca de ti!

-Dulce futuro-

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jueves, 23 de abril de 2009

Vida



Baja a descubrirme,
desde el sol
... la vida

Escurriéndose por el tobogán de sus rayos dorados
¡Qué bello esplendor
de este atardecer de mis días!

¿Comprendes lo que te digo?

¡Que en este rastrojo has sembrado trigo!

Vienen con ella oxígeno y suspiro
-respiro-

Agua, arroyo, torrente, rocío

¡Ya están aquí los latidos!

Ahora relucen mis ruinas.
Ya no molestan mis escombros.
Que en mi despertar me cantan los mirlos.
Me cuentan que para Dios existo

Y en mi soledad viene a verme,
cual Pegaso, 
galopando con alas de azúcar,
o como tierno borriquillo:
Tu estímulo

¿Sabes lo que te digo?

¡Que del pan de tus labios yo soy mendigo!
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jueves, 24 de mayo de 2007

Mi rama


De un roble fuerte
te corto la muerte
con cuchilla de luna.

Rama
¡Mi rama!
Y te ofreció a mí
en la noche del pánico
infiltrada en mi negra pesadilla.

Eras, viva, indiferenciada.
Una más en la fronda espesura.
Descendiente del tronco de mi linaje
pobre, derrochada en tu compostura.

Exhortando ser una
te doblegaste al viento de la tribu.
Buscaste asilo en el vasallaje,
renunciando a ser tú
por miedo o falta de coraje.

Rama
¡Mi rama!
Maltratada en la tormenta
por un relámpago inclemente,
que quiso hacerte horca
y no racimo de tu simiente

Escindida, cobrando sentido.

¡Paradoja de la muerte!

Yo te acojo sin mirarla
pues traes la paz a este extravío
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